Hay un momento en el que toda persona debe definirse. Debemos marcar territorios. Acotar espacios. Y designar roles. Es como etiquetarse a uno mismo. Resulta agobiante, incómodo e incluso patético. Pero funcionamos así, por etiquetas.
A mí me gusta creer que no las necesito. De hecho suelo jactarme de eso. Es una enorme mentira. Acabo recurriendo a ellas. Y cuando no las leo. Me entra el pánico. Es una reacción débil y estúpida pero me pasa eso. Tenia que reconocerlo.
En un mundo lleno de clichés, post its y rótulos no quiero tener un código de barras en la nuca. Por eso hay que saber manejarlos. Que sean sutiles. Que no emboten la mente y aplasten el espíritu.
Por mi bien psíquico.
La incertidumbre se cernía sobre sus cabezas como un ave de rapiña. Daba vueltas y perseguía a dos pares de piernas por las baldosas llenas de vómito. Vómito ajeno y maloliente. Pero ahí seguía la muy zorra. Dando por saco. Minando la noche. Dos marañas negras. Acelerando el paso. Despistándose. Ocultándose. Las castañas queman. Derriten pupilas mutuamente.
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